El discurso íntegro aquí.Estos días sale Vargas Llosa en todas partes. El hombre se ha llevado el Nobel. Y yo me alegro mucho. En algún momento he pensado que tiene que estar bien ganar el premio Nobel. Te llama a casa, por lo visto, un hombre muy, muy sueco a horas intempestivas, (muy temprano) y con el que, por lo visto, resulta harto difícil entenderse. Cómo sería que, después de un rato de interferencias, le tuvo que dar la noticia en español. Lo vi en la tele. Y luego le sacaron hablando en español. Al sueco. Todavía no me explico en qué idioma le hablaría primero si fue con ese español que logró hacerse entender. Lo que sí que intuyo es que jamás ganaré el premio Nobel. Aporto razones:
Primero, porque todos los que se lo han llevado estaban despiertos para coger el teléfono.
Segundo, porque suelo preferir escribir este tipo de cosas antes que centrarme en rematar otros proyectos.
Tercero, una voz interior repite talento, talento, talento. ¿Qué me querrá decir?
Lo que más me ha gustado, claro está, es eso de que se le quebró la voz a Vargas al mencionar a su esposa Patricia en el discurso. Y si esto es lo que más me gusta de todo lo que se transparenta es una cuestión de prioridades: que aporta la cuarta razón por la que nunca ganaré el premio Nobel.
La quinta, (deduzco, sospecho, temo) es la carencia de un Patricio, que domine el arte de la generosidad, de la cocina y de la clarividencia (para solucionar mis paroxísticas crisis existenciales con un beso en la frente y un venga, Leo, ponte con la novela).
De mi indefinición política y la ausencia de un pasado marxista, ¿para qué hablar? Pero vamos por seis, si, para variar, no me equivoco.
La séptima es estar empadronada, como expresa Vargas, en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento (¿Otra vez la voz?) acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad.
La octava razón, intuyo que obedece a no ser ciudadana del mundo, a haber nacido en Madrid, hija de un gallego y una madrileña, unidos y felices. Y a no haber residido, salvo una honrosa temporada en Zaragoza y otra en Grenoble, en otra parte que no fuera Madrid. (A excepción del jodido limbo ese del que hablaba antes).Y si se me permite añadirlo, al escaso consumo de alcohol y a mis inexistentes coqueteos con estupefacientes y dopantes (salvo el salbutamol, pero eso es por el asma), a los tres años y medio sin tabaco... y no sigo.
Sin embargo, yo también creo que lo mejor que me ha pasado en la vida es haber aprendido a leer. Y luego a escribir. Y después, como Vargas, la capacidad de sentir: el desencanto de lo real, de la realidad; que la vida debería ser mejor; que es la incomunicación lo que nos hace retroceder a la barbarie. Y la evidencia empírica de que sólo nos comportamos como humanos cuando somos capaces de salir de nosotros mismos y meternos en la piel de otro.
( Y qué será lo peor que me ha pasado, pienso al releerme)
Y digo lo mejor porque es la suma de todo esto la que me obliga a conservar apenas una brizna de esperanza. Que se llama supervivencia y me obliga, para cerrar el círculo, a sentarme frente al ordenador.
La novena razón por la que no ganaré el Nobel es la misma por la que termino aquí esta entrada: me voy con una amiga al cine.
Y no hay diez porque, como todos sabemos, la perfección no existe.