
Soy un poco exagerada y vivo con agotadora intensidad. Aquí en el hiperespacio de la hiperconciencia de la muerte no se puede vivir de otra manera. Lo único que me impide dejar algo para mañana es el miedo, manda huevos, y cierta sensatez que creo que debe de ser genética. Pero yo de lo que quería hablar es de esos días en los que uno camina por la cuerda floja y se siente el ser más feliz y el más desgraciado. Lo más frágil y la última bacteria de la tierra esporulando para resistir al invierno nuclear que se avecina. El más grande genio vivo y una diletante con mal gusto.
Terminar un novela, verle el fin en la punta de los dedos es un instante delicado. Bifronte. Temerario y lleno de miedo. Uno se siente tan feliz que casi podría matar a alguien. Y no caben en el cuerpo todas las preguntas, aunque uno camina más ufano que el caballo de Atila.
Camina por un cable.
Pero con seguridad, pues esta vez hay red. El cajón. El disco duro. A prueba de egos, si el resultado no pasa la prueba. Que siempre la pasa, por aquello de la autocomplacencia, que a mí me gusta más llamar miopía.
Es ese instante en que ves reflejado el futuro en los cristales de la ventana de la cocina: la exposición, el rechazo. El éxito total. 16ª edición, la novela del milenio. Sentirte vanidoso por querer ver publicada la novela. Sentirte idiota por no querer que nadie sepa qué has perpetrado. Necesitar una opinión sincera y objetiva (y saber que nunca, nunca, vas a recibirla), y descubrirte rezando que me diga que le gusta, que me diga que le gusta... Tener miedo de molestar a los amigos, de pedirles que la lean. O de molestar a los amigos por no pedirles que la lean.
Y empezar de nuevo. Que es lo peor, pero también es lo mejor. Porque uno sabe que la experiencia es un grado, pero a la vez siempre empiezas de cero. Nunca hay nada seguro.
Y luego está la coletilla: qué ganas tengo de terminar la novela. Esa frase que te ha acompañado desde ya no recuerdas cuándo. Cuando estás a punto de soltarla, en uno de esos silencios incómodos, te das cuenta de que ya no puedes decirla. Y entonces el vacío se abre ante ti. Un vacío que aún lo es más cuando te levantas de la cama, al día siguiente del día D, feliz, orgulloso, campante. Te miras al espejo, sacas pecho: la terminé, soy un crack, te dices. Te duchas, te vistes, desayunas. Tienes todo un soleado día ante ti para darte mil y un homenaje y te das cuenta de que lo único que te apetecería hacer es sentarte frente al ordenador y seguir escribiendo la novela.
Y ahora me apetecería seguir enumerando, pero estoy harta. Creo que exagero y que me quedo corta. Sobre el cable acuso la liviandad de mi sobrepeso. Pues eso. Que estoy en esos días.