jueves, 3 de noviembre de 2011

SIETE MIL MILLONES

“Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay solo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo entonces construya su vida según su necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente, debe de ser un signo y un testimonio de ese impulso.(...)” Rilke: Cartas a un joven poeta.



Me gusta prestar atención cuando la gente habla sobre escritura. Pregunto, incluso.
Y escucho a algunas personas manifestar con soberbia que ellos escriben. Que son creadores.
Otros lo dicen como si fueran Sísifos cumpliendo su condena. Como si no les quedara más remedio que llegar a casa y ponerse a escribir, a pesar de que parece repatearles hasta las entretelas, provocarles un sufrimiento sin medida.
Otros sonríen con cierta suficiencia y, con ligereza te dicen que escribir es tan natural para ellos, tan fácil, que son incontables las páginas que ya han escrito (y por eso no repasan los manuscritos de sus novelas).
Los hay que han publicado varias novelas y en el apartado profesión ponen cualquier otra cosa: profesor, camarero, vendedor, ama de casa. Y cuando les dices, entonces eres escritor, se ruborizan y responden pues supongo que sí.
Hay quien necesita que no haya interrupción, terminar algo y empezar algo nuevo, prontoyaaldíasiguiente, por miedo a que resulte haber sido casualidad, a no ser en verdad un escritor.
Y quien nunca ha escrito nada y se llama escritor sin pudor alguno, porque en su cabeza escribe sin descanso, grandes obras, obras maestras.
Y quien no dice nada, pero le brillan los ojos al oír hablar del tema, y se retira pronto a casa, con cualquier excusa.
Hay muchos, muchos más. Más de los que podría abarcar.
Orgullosos, en el fondo, de nosotros mismos porque escribimos. Porque sentimos ese debo: debo escribir, abrirme al mundo. Con humildad, algunos. Otros no. Seres que nos sentimos diferentes, especiales, porque hemos encontrado esa ventana abierta que da a poniente. Aunque ese sentimiento de ser especiales sea para nosotros mismos, se quede tras las puertas, en el sedimento del amor propio, de la responsabilidad para con quienes somos. Porque al escribir es que sabemos que somos quienes somos. Aunque seamos bien conscientes que eso no nos hace mejores, ni peores, sino solo uno más. Seres humanos. Uno más entre siete mil millones. Como para envanecerse.

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